lunes, 2 de abril de 2012

Cerebro y creencias

¿Cómo se forman en nosotros las creencias que nos acompañan en nuestra vida?

El término creencia se define como “la actitud mental que acepta una propuesta a la que le falta el completo conocimiento intelectual que es necesario para garantizar su exactitud y certeza”.

Todos tenemos la firme creencia de que mañana habrá un nuevo día y estaremos vivos para disfrutarlo. Sin embargo, no es algo que esté garantizado, sino una creencia que responde a nuestra experiencia y a la lógica de qué es lo que suele ocurrir. De esta forma elevamos nuestras creencias a categoría de saber, lo que nos permite prever nuestra vida en base a ellas, condicionando nuestro día a día y escogiendo caminos que creemos nos conducirán al fin que perseguimos. Creer en algo es una cualidad de nuestro cerebro humano que si aprovechamos bien puede sernos de mucha utilidad.

Nuestro cerebro está diseñado para generar creencias, es una de nuestras cualidades biológicas, forma parte de nuestra especie y nos diferencia del resto de animales, ya que requiere cierto grado de complejidad neuronal, capacidad de abstracción e inteligencia.  Los seres humanos poseemos estructuras cerebrales que facilitan la adquisición de estas creencias. El cerebro de un recién nacido dispone de una gran cantidad de neuronas y vías preparadas para la recepción de cualquier tipo de información sensorial, por lo que en base a nuestras propias vivencias o transmisión de conocimientos, se asientan las creencias, los valores éticos y las ideologías que vamos aceptando como propias y que pasan a formar parte de nuestros mecanismos neuronales. No se trata de un proceso consciente ni controlable, ya que nuestro cerebro en ése momento no es lo suficientemente maduro para rechazar las recepciones sensoriales. No es hasta los 7 años cuando tenemos la capacidad de razonar por nuestra cuenta para aceptar o eliminar lo que nos han inculcado. La herencia genética no es suficiente para el desarrollo neuronal si no se completa con las recepciones sensoriales y de información que recibimos del exterior. La experiencia personal modifica nuestras estructuras neuronales y es necesaria para la creación de nuestro sistema referencial individual, que es probable que se almacene en el sistema límbico y que es necesario para descodificar la información proveniente del exterior y que llega al cerebro en forma de señal eléctrica a través de nuestros receptores sensoriales.

Además de estar programado para generar estas creencias, nuestro cerebro parecer estar programado para rechazar las dudas, por lo que tiende a formular hipótesis para despejarlas y llegar a una certeza, que puede ser lógica o absurda, pero que nos aleja de la incertidumbre que la duda nos plantea. Es por ello que una mentira justificada a través de la lógica que despeje una duda en nosotros, es probable que nuestro cerebro la llegue a considerar como una verdad. Salvando las distancias, tan irracional es creer en Dios como creer en fantasmas, o creer en milagros, como en hechizos y encantamientos, ya que no existen evidencias de ninguno de ellos, pero al posicionarnos sobre ello tomando la decisión de creer o no creer basándonos en razonamientos que consideramos lógicos, despejamos la duda que en nuestro cerebro crea la falta de certeza, y asentamos la base de nuestro saber.

No sólo podemos hablar de creencias individuales a través de las experiencias, sino que una gran parte de las creencias de las personas tienen un importante factor social. Las creencias personales varían en función de la sociedad en que nos encontremos y con el tiempo y las experiencias que vivimos las convertimos en propias o desechamos por no considerarlas ciertas. Las creencias que más arraigo tienen en nosotros son aquellas que defienden la inmortalidad de nuestra alma, independientemente de la religión que profesemos, ya que nos resulta satisfactorio pensar que con la muerte no terminará todo y que en la sociedad en que vivimos, no cuestionan nuestras creencias, sino que las comparten. Quizá por ello exista lucha entre religiones, que eluden el principio que todas ellas comparten y se centran en las diferencias, cuestionando las creencias del resto y aceptando como única verdad la suya propia compartida por la sociedad en que viven y que realiza liturgias y diferentes ritos para reforzarla.

Hay creencias en factores sobrenaturales en todas las épocas y culturas a lo largo de la historia del ser humano. Todas las religiones tienen ciertos rasgos comunes, basados en un Ser Supremo inmortal creador del Universo y todo lo que éste contiene, incluyendo al hombre. Incluso científicos que se consideran no creyentes por la falta de evidencia empírica, aceptan creencias sobrenaturales al suponer la existencia de percepciones extrasensoriales o facultades psíquicas de las que no existen elementos probatorios. Pese a la creencia prácticamente universal de la existencia de una faceta espiritual en las personas, el estudio científico del cerebro no revela la existencia del alma ni del espíritu. A través del estudio de la morfología y la fisiología cerebral no es posible conocer la información del interior de nuestro cerebro. Sin embargo, incluso en lugares con ausencia de contactos culturales, la gran mayoría de la humanidad cree en fuerzas y seres sobrenaturales, de lo que se deduce que la predisposición a este tipo de creencias debe provenir de nuestra biología, por la estructuración y funcionamiento neuronal. La unidad psicofísica del individuo se basa en que tanto los códigos como los significados de lo que percibimos son entes no materiales que necesitan un soporte material. Todo nuestro sistema de creencias representa un contenido no material, codificado, que puede ser comunicado y persistir aún cuando el portador material del cuerpo desaparezca. Este aspecto parece apoyar la existencia de fenómenos no materiales a los que podemos asignar un rango espiritual. El hecho de asociarlo o no a un sentido teológico depende de nuestra procedencia cultural y las creencias que nos hayan inculcado asociadas a ella.

Si partimos entonces de la base de que nuestras creencias están en cierto modo asentadas en una base biológica y que dependen de procesos y estructuras cerebrales, es posible pensar que las diferencias individuales en la asiduidad con la que cada persona utiliza las estructuras responsables de la adquisición de creencias, produzca alteraciones en el funcionamiento normal de dichas estructuras en los casos de falta de uso y quizá por ello haya personas a las que les resulta más difícil tener un sistema asentado de creencias.


“Para que el que cree no es necesaria ninguna explicación: para el que no cree toda explicación sobra” Franz Werfel  (1890-1945) Novelista, poeta y dramaturgo austriaco. 


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