martes, 17 de abril de 2012

El cerebro de trastornos alimentarios

¿Cómo funciona el cerebro de las personas que padecen trastornos alimentarios?

Cuando comienza el buen tiempo, guardamos la ropa de abrigo y para muchas personas comienza la carrera por conseguir la forma física deseada para el verano. Es lo que coloquialmente llamamos “Operación biquini”. Es natural preocuparse algo más por el cuerpo cuando llega esta época, pero para las personas que sufren trastornos alimentarios como Anorexia Nerviosa o Bulimia Nerviosa, es un momento delicado en que se suele agravar el problema.


Tanto la Anorexia como la Bulimia Nerviosa, hacen que la persona que las padece esté obsesionada con su imagen corporal. La Anorexia Nerviosa se caracteriza por un descenso progresivo de la comida ingerida, acompañado de ejercicio físico excesivo y control de las calorías que ingiere y seguido de uso de elementos laxantes y diuréticos que ayuden a depurar lo que cree que es un cuerpo obeso por la distorsión que tiene de sí misma. La Bulimia Nerviosa comparte los síntomas iniciales, pero deriva en la inducción al vómito tras la ingesta. Normalmente, las personas que sufren trastornos alimentarios no se consideran enfermas.

Hay estudios que indican que hay diferencias de funcionamiento en el cerebro entre las personas que padecen trastornos alimentarios y las personas que no. Las personas con Anorexia o Bulimia presentan respuestas alteradas ante el placer y la recompensa y se preocupan más de lo normal por las consecuencias de sus acciones, por lo que son propensas a desarrollar comportamientos obsesivos que desembocan en el trastorno alimentario. El sistema de recompensa del cerebro está formado por varias estructuras que regulan y controlan el comportamiento y tienen como estimular la práctica de los hábitos necesarios para la supervivencia, como es este caso, comer. Cuando las personas realizamos una acción, este sistema produce una respuesta positiva o negativa, un refuerzo que determinará que repitamos o no ése acto. Las personas que no padecen el trastorno, cuentan con un patrón normal de activación del sistema de recompensa del cerebro, con diferencias marcadas entre una respuesta positiva y una respuesta negativa. Sin embargo, el sistema de recompensa cerebral de las personas que sufren estos trastornos no distingue entre ambos tipo de respuesta, lo que explica la dificultad que suelen presentar para experimentar el placer, como el disfrute de la comida.

Sin embargo, en otra región cerebral, el núcleo caudado, se observa el efecto contrario: El núcleo caudado se activa cuando es necesario establecer una estrategia para lograr un objetivo, sin embargo, en las personas con Anorexia o Bulimia la actividad es mayor de lo habitual ante situaciones que no requieren de planificación, por lo que se advierte en ellas una preocupación excesiva por cometer errores y por las consecuencias de sus actos.

Los estudios no permiten afirmar que estas diferencias estructurales sean causa del trastorno alimentario o se hayan producido como consecuencia del mismo, pero sí se ha observado que dichas diferencias en estas estructuras en las personas con trastornos alimentarios persisten toda la vida, por lo que es posible recuperarse, pero siempre serán más propensas a volver a sufrirlo que las personas con un patrón de activación del sistemas de recompensa que no esté alterado.


Las personas que padecen trastornos de la alimentación, suelen presentar daño en los neurotransmisores encargados de mantener la comunicación de las células cerebrales y cierta deficiencia en otra área cerebral, la ínsula anterior, situada en la profundidad de la superficie lateral del cerebro, entre los dos lóbulos. Es una corteza cerebral que detecta las necesidades del cuerpo, como el hambre, y contiene un conjunto de conexiones de distintas estructuras cerebrales en ambos hemisferios,  y está relacionada con las emociones, las sensaciones del propio cuerpo y la propia percepción. Como consecuencia, estas personas, generalmente mujeres, perciben la propia imagen de su cuerpo como distorsionada. Un daño grave en la ínsula, puede llevar a la persona afectada a incluso desconocer partes de su cuerpo.

Puede ocurrir, en algunos casos concretos, que la Anorexia nerviosa se produzca directamente por un fallo cerebral, como ocurre en el caso de un trastorno en la hipófisis que no permite que se libere la hormona responsable de que sintamos hambre, la grelina, por lo que la persona que lo padece no siente deseo de comer y por tanto, no come, o por una incapacidad del cerebro por la cual las neuronas no aceptan los nutrientes de la sangre, lo que conlleva como causa a una grave deficiencia cerebral.

Sea cual fuere la causa del trastorno alimentario, conviene visitar a un especialista que indique las pautas a seguir para su recuperación, que suelen combinar aspectos de nutrición con psicoterapia y en algunos casos fármacos que operan de manera similar a los antidepresivos. El apoyo familiar en estos casos es esencial para facilitar una posible recuperación. Curiosamente los rasgos de personalidad y de carácter de las personas con tendencia a padecer trastornos alimentarios como la Anorexia y la Bulimia, incluyen aspectos positivos como la atención al detalle, la preocupación por las consecuencias, el cumplimiento del deber y el enfoque al éxito, por lo que si estas cualidades se enfocan de manera adecuada, pueden ayudar a tener una vida plena y feliz.


"Llevar una dieta demasiado severa para guardar la salud es una enfermedad tediosa." François de La Rochefoucauld


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miércoles, 11 de abril de 2012

Las alergias del cerebro

¿Pueden las alergias comunes afectar a nuestro cerebro?


Entendemos como alergia a la reacción que se produce en nuestro organismo cuando éste es expuesto a  una sustancia agresora o alérgeno al mismo tiempo que nuestro sistema de defensas se encuentra debilitado. Con la llegada de la primavera,  los factores de riesgo ambientales comienzan a manifestarse de manera más pronunciada y por tanto aumenta la incidencia de alergias en algunas personas. Sin embargo, no todos los organismos reaccionamos igual cuando sufrimos una alergia, sino que los síntomas, la intensidad y las consecuencias varían de una persona a otra.

Cuando desarrollamos una alergia, los alérgenos estimulan los linfocitos, células del sistema inmunitario que fabrican sustancias químicas como la histamina, capaz de inflamar las mucosas y la piel, provocando los síntomas de la alergia. El posible experimentar reacciones que no impliquen la segregación de histamina, lo que denominamos sensibilidad o intolerancia, que tiene síntomas menos severos que los de una alergia. Los síntomas alérgicos típicos son las erupciones cutáneas y el exceso de mucosidad, aunque también suelen ser habituales los estornudos o el malestar estomacal. Si la reacción alérgica es grave se denomina anafilasis y puede implicar peligro de muerte.

Aunque gran parte de la medicina es escéptica al respecto, diversas teorías defienden que nuestro cerebro también puede verse afectado por alergias, en forma de respuesta del comportamiento a una alergia normalmente alimentaria y que puede darse ya sea con presencia de histamina o sin ella. Según estas teorías, los mismos alimentos que causan las alergias comunes, pueden afectar a los procesos químicos y hormonales de nuestro cerebro, produciendo así alergia cerebral y causando cambios en el comportamiento y variaciones en el humor, fatiga, ansiedad, dolor de cabeza, irritabilidad o incluso comportamiento maníaco y depresión. No es posible diagnosticar la alergia cerebral del mismo modo que los alérgenos comunes, con pruebas de reacciones en diferentes secciones de piel, por lo que el diagnóstico depende de los síntomas y suele ser más subjetivo. Las células gliales son estructuras que forman más de la mitad de la masa de nuestro cerebro y son capaces de activarse en determinadas circunstancias como parte del sistema inmune propio del encéfalo, remitiendo señales de comunicación entre ellas y produciendo respuesta inflamatoria, aumento de la circulación en el área y elevación de la temperatura. Esta inflamación localizada en el tejido cerebral es lo que responde a la alergia cerebral, que puede estar causada por alérgenos provenientes de proteínas de los alimentos, gases ambientales o componentes de cosméticos entre otros, y provoca síntomas tales como comportamientos extraños, cambios en el hábito sexual o alimenticio, exaltación del afecto, emociones fuera de lo común en la persona afectada y alteraciones de la percepción y el razonamiento.


Las investigaciones que avalan la relación entre una nutrición poco adecuada y la aparición de alergias cerebrales defienden que todo lo que ingerimos se expande por nuestro organismo desde el intestino, afectando a la función pulmonar, a la piel y finalmente al cerebro. La mala nutrición afecta a las glías, disminuyendo su número. Nuestro cerebro compensa este descenso de las glías ensanchando los ventrículos cerebrales hacia las áreas donde las células se han perdido. Los surcos de la corteza cerebral se hacen más profundos y en consecuencia algunas neuronas estabilizadas en el desarrollo se redistribuyen. Parece existir cierta conexión entre la intolerancia al gluten (enfermedad celíaca) y personas diagnosticadas con algunas enfermedades emocionales, como el autismo, la depresión y la esquizofrenia. Al eliminar el gluten de la dieta, los pacientes experimentaban mejoras en su patología. Así mismo, las personas con intolerancia al gluten que por no haber sido diagnosticadas, no lo han excluido de su dieta, pueden llegar a presentar síntomas similares a los de ciertos trastornos emocionales. Las grasas y aceites de nuestra dieta se transforman en parte de nuestras membranas celulares y hemato-encefálica, que pueden perder su eficiencia si no se realiza el aporte adecuado de lípidos, afectando a los mecanismos esenciales, como el estrés, hambre, sed, sueño, función reproductora y función inmune.

Para tratar las alergias del cerebro es necesaria la eliminación de nuestra dieta del alérgeno que las causa. Como no es posible localizarlo mediante pruebas de alergia convencionales, lo recomendable es dejar de ingerir los alimentos sospechosos por ser causa más común de alergia cerebral, como el trigo, la leche o los huevos y suplir su carencia vitamínica. Introducir dichos alimentos por separado de manera rotatoria ayuda a determinar cuál de ellos está causando los síntomas. Es por ello que los estudios que defienden la alimentación como principal causante de la alergia cerebral, consideran probado que aunque la alimentación no constituye el factor determinante en los trastornos emocionales, es algo a tener en cuenta que normalmente pasa desapercibido en este tipo de patologías y que si bien no es decisivo, recuperar buenos hábitos alimenticios puede ayudar en la recuperación mejorando el aprendizaje, la concentración o la coordinación.

Así pues, el medio ambiente es el factor principal en el desarrollo de las alergias comunes, pero el aumento del consumo de alimentos industrializados, la falta de ejercicio físico, la disminución de los hábitos de lactancia materna, que es fundamental para fortalecer el sistema inmunológico, o la obesidad, son factores que influyen en su incidencia y que pueden ser causa de alergia cerebral, provocando trastornos emocionales e incluso problemas psiquiátricos. Una dieta saludable ayuda a prevenir tanto las alergias comunes como la alergia cerebral fortaleciendo el sistema inmunológico, pero en caso de presencia de síntomas es necesario acudir al médico a realizarse tanto pruebas de alérgenos comunes para determinar qué elemento la está causando, como pruebas que diagnostiquen una posible alergia cerebral para tratarla de forma rápida y efectiva.


"La salud no lo es todo pero sin ella, todo lo demás es nada."  Arthur Schopenhauer


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lunes, 2 de abril de 2012

Cerebro y creencias

¿Cómo se forman en nosotros las creencias que nos acompañan en nuestra vida?

El término creencia se define como “la actitud mental que acepta una propuesta a la que le falta el completo conocimiento intelectual que es necesario para garantizar su exactitud y certeza”.

Todos tenemos la firme creencia de que mañana habrá un nuevo día y estaremos vivos para disfrutarlo. Sin embargo, no es algo que esté garantizado, sino una creencia que responde a nuestra experiencia y a la lógica de qué es lo que suele ocurrir. De esta forma elevamos nuestras creencias a categoría de saber, lo que nos permite prever nuestra vida en base a ellas, condicionando nuestro día a día y escogiendo caminos que creemos nos conducirán al fin que perseguimos. Creer en algo es una cualidad de nuestro cerebro humano que si aprovechamos bien puede sernos de mucha utilidad.

Nuestro cerebro está diseñado para generar creencias, es una de nuestras cualidades biológicas, forma parte de nuestra especie y nos diferencia del resto de animales, ya que requiere cierto grado de complejidad neuronal, capacidad de abstracción e inteligencia.  Los seres humanos poseemos estructuras cerebrales que facilitan la adquisición de estas creencias. El cerebro de un recién nacido dispone de una gran cantidad de neuronas y vías preparadas para la recepción de cualquier tipo de información sensorial, por lo que en base a nuestras propias vivencias o transmisión de conocimientos, se asientan las creencias, los valores éticos y las ideologías que vamos aceptando como propias y que pasan a formar parte de nuestros mecanismos neuronales. No se trata de un proceso consciente ni controlable, ya que nuestro cerebro en ése momento no es lo suficientemente maduro para rechazar las recepciones sensoriales. No es hasta los 7 años cuando tenemos la capacidad de razonar por nuestra cuenta para aceptar o eliminar lo que nos han inculcado. La herencia genética no es suficiente para el desarrollo neuronal si no se completa con las recepciones sensoriales y de información que recibimos del exterior. La experiencia personal modifica nuestras estructuras neuronales y es necesaria para la creación de nuestro sistema referencial individual, que es probable que se almacene en el sistema límbico y que es necesario para descodificar la información proveniente del exterior y que llega al cerebro en forma de señal eléctrica a través de nuestros receptores sensoriales.

Además de estar programado para generar estas creencias, nuestro cerebro parecer estar programado para rechazar las dudas, por lo que tiende a formular hipótesis para despejarlas y llegar a una certeza, que puede ser lógica o absurda, pero que nos aleja de la incertidumbre que la duda nos plantea. Es por ello que una mentira justificada a través de la lógica que despeje una duda en nosotros, es probable que nuestro cerebro la llegue a considerar como una verdad. Salvando las distancias, tan irracional es creer en Dios como creer en fantasmas, o creer en milagros, como en hechizos y encantamientos, ya que no existen evidencias de ninguno de ellos, pero al posicionarnos sobre ello tomando la decisión de creer o no creer basándonos en razonamientos que consideramos lógicos, despejamos la duda que en nuestro cerebro crea la falta de certeza, y asentamos la base de nuestro saber.

No sólo podemos hablar de creencias individuales a través de las experiencias, sino que una gran parte de las creencias de las personas tienen un importante factor social. Las creencias personales varían en función de la sociedad en que nos encontremos y con el tiempo y las experiencias que vivimos las convertimos en propias o desechamos por no considerarlas ciertas. Las creencias que más arraigo tienen en nosotros son aquellas que defienden la inmortalidad de nuestra alma, independientemente de la religión que profesemos, ya que nos resulta satisfactorio pensar que con la muerte no terminará todo y que en la sociedad en que vivimos, no cuestionan nuestras creencias, sino que las comparten. Quizá por ello exista lucha entre religiones, que eluden el principio que todas ellas comparten y se centran en las diferencias, cuestionando las creencias del resto y aceptando como única verdad la suya propia compartida por la sociedad en que viven y que realiza liturgias y diferentes ritos para reforzarla.

Hay creencias en factores sobrenaturales en todas las épocas y culturas a lo largo de la historia del ser humano. Todas las religiones tienen ciertos rasgos comunes, basados en un Ser Supremo inmortal creador del Universo y todo lo que éste contiene, incluyendo al hombre. Incluso científicos que se consideran no creyentes por la falta de evidencia empírica, aceptan creencias sobrenaturales al suponer la existencia de percepciones extrasensoriales o facultades psíquicas de las que no existen elementos probatorios. Pese a la creencia prácticamente universal de la existencia de una faceta espiritual en las personas, el estudio científico del cerebro no revela la existencia del alma ni del espíritu. A través del estudio de la morfología y la fisiología cerebral no es posible conocer la información del interior de nuestro cerebro. Sin embargo, incluso en lugares con ausencia de contactos culturales, la gran mayoría de la humanidad cree en fuerzas y seres sobrenaturales, de lo que se deduce que la predisposición a este tipo de creencias debe provenir de nuestra biología, por la estructuración y funcionamiento neuronal. La unidad psicofísica del individuo se basa en que tanto los códigos como los significados de lo que percibimos son entes no materiales que necesitan un soporte material. Todo nuestro sistema de creencias representa un contenido no material, codificado, que puede ser comunicado y persistir aún cuando el portador material del cuerpo desaparezca. Este aspecto parece apoyar la existencia de fenómenos no materiales a los que podemos asignar un rango espiritual. El hecho de asociarlo o no a un sentido teológico depende de nuestra procedencia cultural y las creencias que nos hayan inculcado asociadas a ella.

Si partimos entonces de la base de que nuestras creencias están en cierto modo asentadas en una base biológica y que dependen de procesos y estructuras cerebrales, es posible pensar que las diferencias individuales en la asiduidad con la que cada persona utiliza las estructuras responsables de la adquisición de creencias, produzca alteraciones en el funcionamiento normal de dichas estructuras en los casos de falta de uso y quizá por ello haya personas a las que les resulta más difícil tener un sistema asentado de creencias.


“Para que el que cree no es necesaria ninguna explicación: para el que no cree toda explicación sobra” Franz Werfel  (1890-1945) Novelista, poeta y dramaturgo austriaco. 


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martes, 27 de marzo de 2012

Cerebro y memoria

¿Qué procesos cerebrales interviene para que podamos recordar?



La memoria es la capacidad mental que nos permite almacenar información y recuperarla. Consiste en una serie de sistemas interconectados dedicados al almacenamiento con la intención de recuperar lo almacenada en un momento u otro.

En el cerebro no hay un lugar único dedicado al almacenamiento de la memoria, sino que está localizada en diferentes regiones especializadas:




  • Cortex Temporal: Almacena en algunas regiones los recuerdos de nuestra infancia.
  • Córtez Parieto-Temporal: Almacena el significado de las palabras que vamos aprendiendo.
  • Lóbulos Frontales: Organizan la percepción y el pensamiento.
  • Cerebelo: Almacena los automatismos necesarios en nuestro día a día.

Para que recordemos algo, es necesario que nuestro cerebro realice conexiones sinápticas entre neuronas de manera repetitiva, creando así redes neuronales que se activan ante acontecimientos vividos con anterioridad. Es por ello que para que la memoria se active, es necesario que haya ocurrido un aprendizaje, lo que ha llevado a ambos términos a aparecer relacionados en la gran mayoría de estudios que se realizan sobre el tema.

Hay varias clasificaciones posibles de la memoria, en función de diferentes criterios. La clasificación principal de los tipos de memoria suele hacerse en función de la duración de los hechos recordados, mediante la cual distinguimos entre:

  • Memoria inmediata: Consiste en la capacidad de recordar una experiencia durante algunos segundos. Por ejemplo, recordar durante un instante un número de teléfono que nos han dicho, hasta marcarlo.
  • Memoria a corto plazo: Es la memoria de cosas que acabamos de realizar o de aprender y, como su nombre indica, es de corta duración. Se da como consecuencia de la simple excitación de la sinapsis para reforzarla o sensibilizarla de manera transitoria. Un ejemplo de memoria a corto plazo sería recordar la comida que hemos realizado a medio día.
  • Memoria a largo plazo: Permanece en nosotros durante largos periodos de tiempo, desde semanas, hasta meses e incluso toda nuestra vida. Se da como consecuencia del refuerzo permanente de la sinapsis neuronal por la síntesis de algunas proteínas. Un ejemplo de memoria a largo plazo sería recordar las vacaciones del año anterior.

El Hipocampo es la zona de la Corteza Cerebral encargada de transferir la información entre la memoria a corto plazo y la memoria a largo plazo y así consolidarla.
En función de cuáles son los hechos recordados, también podemos distinguir entre varios tipos de memoria:

  • Memoria implícita o de procedimiento: Es la encargada de recordar sensaciones o habilidades de un modo inconsciente. Por ejemplo, un perfume, cómo atarse los cordones de los zapatos o todo procedimiento que se automatice y no sea necesario ejecutar de forma consciente.
  • Memoria explícita o declarativa: Es la que nos permite recordar mediante un esfuerzo consciente, cosas, hechos, lugares, personas… En función de qué es lo que queremos recordar, la memoria explícita puede dividirse en :

  1. Memoria episódica: Recuerda las experiencias personales, los acontecimientos y las situaciones que hemos vivido.
  2. Memoria semántica: Es la que nos  hace recordar los conocimientos adquiridos.



Podemos recordar mediante nuestros diferentes sentidos. Es lo que se conoce como memoria sensorial. Aunque tiene una gran capacidad de procesamiento de datos, es muy breve, tan sólo dura unos segundos y en función del sentido a través del cual percibamos da lugar a la memoria visual, auditiva, sensorial, olfativa (la más poderosa) o gustativa. Cada sentido cuenta con su propio almacén para registrar estímulo y consolidarlos en memoria a corto plazo si fuera necesario. De entre los diferentes tipos de memoria sensorial, la memoria olfativa es la más eficaz. Pese a que las neuronas olfatorias sólo sobreviven 60 días y después son reemplazadas por células nuevas, la memoria olfativa sobrevive porque los axones de las neuronas nuevas que reemplazan a las que mueren, expresan el mismo receptor y siempre van al mismo lugar. Como ocurre con el resto de las memorias sensoriales, la información acerca de los olores en este caso, llegan desde el bulbo olfatorio hasta la corteza olfatoria, donde se procesa y se vincula a un comportamiento determinado.

Un cerebro adulto medio tiene unos 100.000 millones de neuronas y unos 100 billones de interconexiones sinápticas entre ellas. Aunque no es posible estimar la capacidad real de la memoria humana, se calcula que somos capaces de almacenar entre 1 y 10 terabytes. Con la edad, la memoria a corto plazo se va debilitando, pero no es una consecuencia directa del paso del tiempo, sino de la reducción del número de conexiones interneuronales, que se atrofian por la falta de uso. Por tanto, debemos dedicar un tiempo cada día a ejercitar nuestra memoria, porque está en nuestras manos aprovechar todo su potencial.


“Gracias a la memoria se da en los hombres lo que se llama experiencia” Aristóteles,  Filósofo griego. 

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miércoles, 21 de marzo de 2012

Cerebro y Nostalgia

¿Por qué sentimos nostalgia de tiempos pasados?

La palabra nostalgia proviene del griego, de una combinación de las voces de “regreso” y “dolor”, pero describe sin embargo un sentimiento positivo por una situación, un momento o una etapa de nuestra vida que ya ha pasado. Hasta comienzos del siglo XX, se consideraba un desorden psiquiátrico, un trastorno de ánimo ligado a la depresión, hasta que los científicos descubrieron y probaron que no es más que un mecanismo del cerebro que nos permite enfrentarnos a momentos difíciles de nuestra vida. A pesar de que la nostalgia se considera ligada con mayor frecuencia a la vejez, todas las personas acudimos a ella en algún momento, ya que tiene la función fundamental de restablecer nuestro ánimo a nivel cerebral. En la actualidad sabemos que no se trata por tanto de una enfermedad, sino de un sentimiento normal que todos podemos atravesar en un momento dado. No se trata de una casualidad que sintamos nostalgia en momentos de tristeza y nos vengan a la mente recuerdos del pasado de manera continua, como una película de nuestra vida. La capacidad para evocar el pasado nos transporta a nivel emocional a situaciones o etapas en que fuimos felices, para contrarrestar los momentos de desánimo, como si se tratara de un salvavidas emocional. Es por ello que tenemos la tendencia natural de almacenar recuerdos de nuestras diferentes etapas, sobretodo de los momentos que representan cambios o transiciones importantes en nuestra vida.

Se han realizado estudios mediante captación de imágenes del cerebro que demuestran que no sólo se libera dopamina al vivir situaciones que nos hacen felices, sino que también liberamos dopamina al acceder a los recuerdos de dichas situaciones. Esto explica por qué  se considera la nostalgia como un sentimiento positivo ante situaciones de tristeza y el poder que tiene para restablecer nuestro equilibrio emocional.

La nostalgia se expresa de diferentes formas en cada persona, por lo que se han realizado estudios sobre qué episodios marcan nuestras vidas y nos hacen recurrir a ellos en futuras etapas, y en qué orden les otorgamos importancia en cuanto al bienestar que representan para nosotros. El resultado de estos estudios determina que, en orden de más a menos, los episodios que consideramos más relevantes en nuestras vidas son los relacionados con:

  1. La familia
  2. La falta de preocupaciones
  3. Los lugares
  4. La música
  5. El recuerdo de un amor
  6. Las amistades
  7. Los juguetes de la infancia
  8. Los programas antiguos de televisión
  9. Las películas
  10. La casa familiar


Actualmente, gracias a las nuevas tecnologías y a Internet, es más sencillo guardar los recuerdos de la juventud. De hecho, estudios revelan que la generación de adultos actual entre 28 y 40 años mantiene vivos sus recuerdos como ninguna otra generación hasta ahora.

Hay personas que tratan de evitar la nostalgia por sentir que les priva de la alegría del día a día que la sociedad considera como “felicidad”. Es cierto que muchos jóvenes señalan que recuren a la nostalgia cuando se sienten aislados o desconectados de su entorno, pero los niveles altos de nostalgia no están relacionados con insatisfacción ni infelicidad en el presente, sino sólo con la opinión de que todo tiempo pasado fue mejor. En nuestra vida cotidiana estamos sometidos a presiones continuas, por lo que recordar un pasado donde no existían esas presiones es un recuerdo feliz que nos hace sentir bien.

Nuestra mente modifica los mecanismos de actuación en las diferentes etapas por las que pasamos en nuestra vida. Durante la juventud, nuestra memoria se encuentra en perfectas condiciones, ya que es la etapa en la que aprendemos cuáles son las cosas que nos causan dolor o sufrimiento y debemos recordarlas para así poder evitar repetirlas en un futuro. Sin embargo, cuando envejecemos, ya sabemos qué situaciones debemos evitar para preservar nuestro bienestar, y por tanto el recuerdo de momentos emocionalmente negativos deja de cumplir su función adaptativa. Mantenemos la idea de lo que debemos desechar, pero el recuerdo de por qué se asentó esta idea se evita. De esta forma, las personas mayores han aprendido a lo largo de su vida a no dejarse influir tanto por la información negativa del entorno para así mantener su bienestar y su buen estado emocional. Así, la memoria se debilita con los años, dejando de lado la precisión de nuestros recuerdos y evitar así las emociones negativas. A ello se une la capacidad de nuestro cerebro de hacer que recordemos con más detalle las situaciones positivas que las negativas, debilitando los malos recuerdos e idealizando los recuerdos positivos, actuando así como una especie de filtro que nos protege.

De esta forma, pese a la tendencia histórica de relacionar tanto la tristeza, el duelo o la nostalgia con desórdenes del estado de ánimo, ahora sabemos que se trata de emociones que cumplen una función en nuestro organismo: Recuerdan y repasan los errores del pasado para no cometerlos de nuevo y reviven nuestros aciertos y logros para repetirlos en el futuro.


“La nostalgia ya no es lo que era”. Peter de Vries, novelista estadounidense.


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lunes, 12 de marzo de 2012

Cerebro y Fobias: Ligirofobia

¿Qué ocurre en el cerebro cuando padecemos una fobia como la Ligirofobia?


El miedo es un mecanismo de defensa natural que prepara a nuestro cuerpo para enfrentarse a un peligro. En un momento u otro todas las personas podemos tener miedo ante un determinado estímulo. Sin embargo, hay ocasiones en las que el miedo que sentimos es algo irracional, excesivo, intenso, incontrolable y persistente a objetos o situaciones claramente discernibles, que no tiene un origen necesariamente definido y que afecta a nuestra vida cotidiana. Es entonces cuando hablamos de fobia.

Hay diferentes tipos de fobia y en función de lo cotidiano que sea el objeto o circunstancia que la provoca, puede interferir o no en nuestro día a día. Un ejemplo de fobia que es llevadera durante el año, pero que en determinadas épocas se convierte en una tortura para quien la padece es la ligirofobia, miedo irracional a los ruidos fuertes y repentinos, como explosiones. Quien la padece, no soporta el ruido de los petardos o incluso el estallido de un globo, y normalmente pueden hacer vida normal porque la situación que la provoca no es algo habitual. Pero en las épocas en que estos estímulos están presentes, como ocurre en el caso de las Fallas de Valencia, las personas que la padecen experimentan un temor constante ante la posibilidad de encontrarse en la situación que les produce un miedo irracional.

El cerebro cuenta con un mecanismo que desata el miedo y regula las emociones de lucha/huida y la evitación del dolor para conservación del individuo, el Sistema Límbico. Este sistema, revisa, mediante la Amígdala Cerebral, toda la información que recibimos a través de nuestros sentidos y controla las emociones básicas como el miedo, localizando también la fuente del peligro. Al activarse la Amígdala, se activa la sensación de miedo y ansiedad, produciendo una respuesta de huida o pelea. En el caso de las fobias, en función de la historia personal de cada persona, se han podido producir momentos en que la parte más instintiva de nuestro cerebro percibiera un peligro y éste quedara fijado, reactivándose en el futuro ante situaciones similares. Puede que ciertas fijaciones sean útiles para nuestra conservación, pero en muchos casos no lo son, y no se pueden explicar mediante la lógica, ya que no se corresponden con un pensamiento racional, sino que han quedado fijadas por haber vivido en algún momento cualquier situación que desbordó nuestra capacidad de actuación y que no supimos procesar adecuadamente. Nuestro cerebro, para protegernos de repetir la experiencia en un futuro fijó una clave a ése miedo para que en un futuro se activara. Cada vez que nos encontramos ante situaciones similares o simplemente pensamos en ellas, nuestra Amígdala vuelve a activarse, haciendo que la fobia se mantenga o incluso se haga más intensa y suponiendo un gasto energético enorme ante situaciones que en principio son cotidianas, provocando una sensación de angustia e impotencia. Es posible que no recordemos la experiencia que marcó el origen de la fobia, pero nuestro cerebro sí la recuerda y la tiene bloqueada en el hemisferio derecho, en lugar de pasarla al hemisferio izquierdo con el resto de la información procesada.


Cuando una persona que padece ligirofobia se enfrenta a la explosión de un petardo, su cerebro ordena la producción de adrenalina que ayudará en el desplazamiento motor para la huida y segrega cortisol, la hormona del estrés. A su vez, se producen cambios fisiológicos tales como el bloqueo de toda actividad no esencial, incremento del metabolismo celular y la actividad cerebral, aumento de la presión arterial o aumento de la glucosa en sangre. El corazón bombea sangre a gran velocidad para transportar hormonas como la adrenalina a las células y fluye hacia los músculos necesarios para la huída. Se agrandan los ojos para mejorar la visión y se dilatan las pupilas.

Hay estudios que avalan la mediación en la amígdala de la vasopresina, u hormona antidiurética, en la sensación de algunos tipos de miedo social. Partiendo de esta base, antagonistas de esta hormona pueden bloquear estos tipos específicos de miedo, pero no se pueden comercializar dada la misión biológica que el miedo tiene en nuestro organismo.

Tanto la ligirofobia como el resto de fobias, se pueden superar con el tratamiento adecuado. Para estos casos, lo que resulta más efectivo son los tratamiento cognitivos, ya que están basados en el pensamiento, que al ser el causante de la fobia, también puede solucionarla. Si la fobia es persistente, es aconsejable la ayuda de un profesional, que mediante terapia indicará los pasos a seguir. Algunas de las técnicas de terapia que suelen tener efectividad a la hora de combatir fobias como la ligirofobia son:

  • Información sobre la naturaleza de las fobias y explicación de la relación entre pensamiento, emoción y acción: Es necesario comprender cómo actúa nuestro cerebro ante este estímulo para trabajar en la forma de combatirla.
  • Identificación de procedimientos contraproducentes para su eliminación por no contribuir a la solución, sino a que el problema se mantenga: Normalmente quien padece ligirofobia tiende a huir de los estímulos que la provocan, como los petardos, haciendo que la amígdala se continúe activando ante las mismas situaciones.
  • Control de la respiración en situación de relajación, para poder ponerla en práctica en el momento de la presentación de las explosiones, estímulo que causa la fobia.
  • Exposición controlada y progresiva a explosiones, situación que provoca la fobia.
  • Desensibilización Sistemática: Combinar técnicas de relajación con la exposición gradual al estímulo fóbico. En función del grado de la fobia, podemos comenzar porasistir a una distancia muy prudencial a explosiones controladas de las que el paciente tenga constancia.
  • Medicación: Si la fobia es simple, se desaconseja el uso de fármacos. Si no es así y va unida a ansiedad persistente o incluso a depresión, el tratamiento debe estar SIEMPRE supervisado por un profesional.


Hay diversas técnicas que pueden paliar y eliminar la ligirofobia y el resto de las conductas fóbicas, pero si una fobia limita la vida de una persona lo mejor que puede hacer es buscar la ayuda profesional de un psicólogo.


“El miedo está siempre dispuesto a ver las cosas peores de lo que son.” Tito Livio, historiador romano.



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miércoles, 7 de marzo de 2012

Mecanismos cerebrales del habla

¿Cuáles son los mecanismos cerebrales de la producción y comprensión del habla?


Las conductas verbales constituyen una de las formas más importantes de la conducta social humana. El lenguaje es una función cerebral altamente compleja que surge por la interacción entre el desarrollo biológico del cerebro y el medio social. El cerebro humano tiene la particularidad de estar dividido en dos hemisferios que funcionan de manera distinta en lo que se refiere al procesamiento del lenguaje, ya que se trata de una conducta lateralizada, es decir, se sitúa de manera dominante en un lado del cerebro, el izquierdo, pero el hemisferio derecho también participa en el proceso.

La ciencia que estudia las estructuras del cerebro que permiten procesar y comprender una lengua se llama Neurolingüística. Gracias a ella se han podido diferenciar, mediante diferentes técnicas, cuáles son los procesos cerebrales implicados en el habla que sugieren una base fisiológica cerebral que ha propiciado la especialización del hemisferio izquierdo del cerebro en la decodificación y la producción de la palabra. La corteza auditiva del lóbulo temporal izquierdo criba la información auditiva más rápidamente que la corteza auditiva del lado derecho, por lo que resulta más sensible a las variaciones rápidas de la palabra, permitiéndole distinguir los diferentes sonidos del lenguaje. La corteza derecha es menos sensible a estos sonidos, pero más sensible a la prosodia, es decir, a las regularidades acústicas de la voz y a las variaciones lentas de la palabra, importantes para reconocer al interlocutor y la entonación de las diferentes conversaciones. Para hablar, es necesario tener algo que decir y aunque el hemisferio izquierdo produce el habla, es el hemisferio derecho el que parece organizar tanto la narración y la selección de lo que hablamos, como el ritmo y el énfasis en cada palabra.

Pese a esta implicación de ambos hemisferios en el lenguaje, en la historia de la investigación en Neurolingüística, se han establecido dos áreas esenciales en el procesamiento del habla, ambas en el hemisferio izquierdo:

  • Área de Broca: Es la sección del cerebro situada en la parte inferior del lóbulo frontal izquierdo y está involucrada en la producción del habla, el procesamiento del lenguaje y la comprensión.
  • Área de Wernicke: Es la sección del cerebro situada en la región posterior del lóbulo temporal izquierdo y está asociada a la comprensión del lenguaje, encargándose de la descodificación de la información auditiva del lenguaje.


Un trauma o lesión cerebral en alguna de las zonas implicadas en el habla tras la adquisición del lenguaje, produce trastornos tanto en la producción del lenguaje como en su comprensión. Estos trastornos reciben el nombre de afasias y las más comunes son:





  • Afasia global : Es la afasia más grave. Ocurre cuando la lesión o daño producido al cerebro es muy extenso y hay una destrucción masiva de las zonas del lenguaje. Esta afasia impide tanto la producción del lenguaje como su comprensión, que se limita a órdenes muy simples, de duración muy corta y fácilmente previsibles en un momento y contexto determinado.
  • Afasia de Broca: Se produce por una lesión en el área de Broca y se caracteriza por alterar la capacidad de hablar, produciendo un habla lenta, laboriosa y poco fluida, aunque con significado. Produce también deformaciones en sonidos, inhabilidad para repetir secuencias comunes como los números o los días de la semana, dificultad para encontrar la palabra apropiada, errores sintácticos y dificultad en el uso de palabras funcionales como las preposiciones o los artículos. Con una lesión en esta zona, la producción del lenguaje es inferior a su compresión, aunque ésta también se ve alterada cuando las frases son complejas.
  • Afasia de Wernicke: Se produce por una lesión en el área de Wernicke y se caracteriza por una fluidez normal en el habla pero con alteraciones del contenido semántico. Aparecen dificultades a la hora de nombrar las cosas, con repetición y sustitución de palabras por otras similares fonéticamente, aunque con diferente significado. La persona afectada inventa palabras o frases y reitera la información, aunque no reconoce que está cometiendo errores. Produce también dificultad en la comprensión.
  • Afasia anómica: Conserva la comprensión del lenguaje oral y se caracteriza por la anomia, es decir, la inhabilidad de encontrar palabras para identificar o designar cosas o para expresar ideas y conceptos de manera fluida.

Es posible que alguna vez se produzcan daños, no en un área en sí, sino en la conexión entre las áreas de Wernicke y Broca, lo que provoca la denominada afasia de conducción. Esta afasia se caracteriza por una comprensión y producción bastante buena del lenguaje, pero con la imposibilidad de repetir algo tras escucharlo.

Por tanto, concluimos que en el cerebro, el procesamiento del lenguaje se produce en áreas interrelacionadas que trabajan de forma coordinada para la emisión, la comprensión y la integración de mensajes lingüísticos y que es necesario el correcto funcionamiento de las complejas estructuras que lo regulan, así como de sus conexiones, para poder llevar a cabo el comportamiento que más nos diferencia de los animales, el lenguaje verbal.


“Actualmente, el destino del mundo depende, en primer lugar, de los estadistas y, en segundo lugar, de los intérpretes”. Trygve Halvdan Lie (Político)

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